LA MIGRACION Y EL VIENTO

Buitre leonado (Gyps fulvus). Foto: Francisco J. Cazalla
Los fuertes vientos del Este (Levante) y del Oeste (Poniente) que azotan las costas del Estrecho son, sin duda, unos fortísimos condicionantes del comportamiento de los migrantes (Bernis 1.980). Estudios con radar han demostrado que las aves tienden a volar altas con viento a favor, mientras que descienden y se pegan al terreno al tener el viento en contra, en un trabajoso intento por avanzar luchando contra este meteoro. En el caso de las aves no planeadoras, sus movimientos de costeo se ven alterados por estos vientos que desvían sus flujos costeros en una u otra dirección. Esto da lugar a movimientos muy visibles por las costas atlánticas cuando sopla el Levante y a un paso igualmente acentuado por las mediterráneas al hacerlo el Poniente.
Algo parecido ocurre con las aves planeadoras, cuyos flujos están sujetos a idénticos desplazamientos laterales por acción de la fuerza y persistencia de los vientos. Pero aquí entran en juego otros factores. Han de calcular con precisión el lugar y el momento en que se lanzan a cruzar el Estrecho en vuelo descendente tras haber remontado a favor de las térmicas. Dado el perfil afilado de las costas ibéricas y africanas del Estrecho, un fuerte viento cruzado puede alejarlas de las costas exigiéndoles la culminación de la travesía mediante un fatigoso vuelo batido. Incluso puede proyectarlas fatalmente hacia el océano abierto, como ocurriría con aquellos flujos otoñales desplazados por el Levante más allá de Cabo Espartel, donde la costa africana se recorta bruscamente hacia el Sur. No han de extrañarnos, por lo tanto, los múltiples movimientos de aproximación y retirada de los bandos de planeadoras que han de encontrar el lugar y momento más propicios para iniciar este peligroso cruce. Por eso, a veces es difícil constatar si un grupo de aves que cruza sobre nuestras cabezas en algún observatorio ha conseguido o no cruzar el Estrecho.